Ecologistas de salón - Mariano Arnal
Del mismo modo que proliferó en otros tiempos la especie del revolucionario de salón, aquel que viviendo confortablemente instalado en los privilegios del antiguo régimen clamaba por la revolución, así también hoy, que tenemos bien instalada la ecología en el discurso bienpensante (el verde gusta ser tenido por librepensador), y confortablemente instalada en la política y en el poder, es una especie muy numerosa la del ecologista de salón.
Es ese que se distingue por adoptar unos cuantos gestos simbólicos como seleccionar las basuras o ir en bicicleta, o usar algo de papel reciclado, gran símbolo de los ecologistas de despacho, y cómo no, proclamarse ferviente defensor de la naturaleza (¿y eso qué es?) y de las ballenas y de los patos alquitranados, y de cualquier otra gran causa que los medios pongan de moda; y que al mismo tiempo se distingue por ser destinatario preferente de la deforestación más salvaje (es un consumidor notable de prensa, de embalajes y demás productos papeleros); del saqueo de los mares para proveerle de toda clase de pescados; de la deforestación para la agricultura, de los elevados índices de contaminación atmosférica: para que él pueda gozar en su oficina de un clima siempre confortable, es necesario arrojar a la atmósfera toneladas de basura; para que pueda desplazarse cómodo y veloz por tierra, mar y aire, hay que extraer de las entrañas de la tierra cada vez más petróleo, y colocarlo en la atmósfera convertido en aire irrespirable; y hay que mantener todo género de industrias consumiendo ingentes cantidades de energía y produciendo montañas y ríos y mares y vendavales de basura, para que el ecologista de salón pueda lucir los mejores niveles de consumo.
Por eso es inevitable que nos hagamos una serie de preguntas en cascada: ¿Cómo es posible que haya tantísimos ecologistas sin haberse desarrollado aún ninguna clase de ecologismo? ¿Puede realmente el hombre ser ecologista sin atentar contra sus propios intereses? ¿No es per se negación de la naturaleza y por ende de la ecología? ¿No se verá obligado a ir contra sí mismo, si quiere ser consecuente con los más elementales principios del ecologismo, que todo el mundo intuye, pero nadie se atreve a formular? Y si por fin se atreve el hombre a ir contra sí mismo para devolverle el equilibrio a la naturaleza, ¿por qué parte de sí mismo empezará?
Si el crecimiento ilimitado de cualquier especie es de por sí el principio de la extinción del sistema al que pertenece, ¿será el hombre capaz de poner límite a su propio crecimiento? Si el progreso le cobra siempre un altísimo peaje a la naturaleza, ¿no habrá que ir pensando en limitar el desarrollo industrial de los países subdesarrollados? (He ahí un nombre con el que definimos perfectamente nuestra ideología y nuestro programa los países vendedores de desarrollo). ¿Y no habrá que ir planificando también y ejecutando el desmantelamiento de nuestro desarrollo?
No se puede pensar en un ecologismo auténtico sin plantearse al menos esas preguntas. Y del mismo modo que se han hecho esfuerzos doctrinales por compatibilizar los dogmas más antagónicos en religión y en política, en un ímprobo esfuerzo por mantener encendidas al mismo tiempo la vela consagrada a Dios y la dedicada al diablo, los filósofos del ecologismo tendrán que componérselas para hacer pasar al camello por el ojo de la aguja.
Mariano Arnal
Profesor de Latín y Griego, especialista en análisis léxico.
Fuente: Artículo de Mariano Arnal en El Almanaque
